Ir al contenido principal

Los que se alejan de Omelas (II)

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿Cómo describir a los habitantes de Omelas? No eran personas simples, aunque si felices...




Pero no pronunciaremos más palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. 

Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros. El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerar a la felicidad como algo estúpido. Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría.

¿Cómo definir al pueblo de Omelas? 

No eran cándidos ni niños felices – aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran – sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro! Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles! Omelas produce la impresión, según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿Qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. Sin embargo, en la categoría intermedia – la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran. Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnifico Mercado Agrícola. Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, si. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos. 

Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Qué puede ser?

Al principio pensé si no serian las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito. En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

The Ones who walk away Omelas 
-Ursula K. Le Guin

Parte I: Los que se alejan de Omelas (I)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Échame tierra y verás como florezco

“Échame tierra y verás como florezco” -Frida Kahlo Encontré esta frase en el libro Hola, Miedos de Michelle Poler, uno de esos títulos que circulan con entusiasmo por redes sociales. Lo compré por curiosidad y terminé leyéndolo con rapidez. No es la primera vez que escuchó sobre Frida Kahlo. Incluso vi su película. Recuerdo que escribí un ensayo para una clase sobre como transformó el dolor en arte. Y sí que fue una mujer que sufrió. Esta frase, atribuida a ella, me habla de crecimiento. Es una analogía poderosa al cambio personal. De cómo podemos transformarnos, superarnos y encontrar belleza en medio de la adversidad. Ser resilientes. Una palabra tan repetida hoy. Y cobra un sentido profundo con esta frase. Cuando enfrento tiempos difíciles, sé que al final no seré la misma. Seré alguien que aprendió, que se reconstruyó. Que floreció. ¿En qué tipo de flor me convertiré? Me convertiré en una margarita. Mi blog lleva su nombre, su espíritu, su identidad. Mi recuerdo d...

El Discurso

A través de la violencia puedes matar al que odias, pero no puedes matar al odio. De mi formación cristiana he obtenido mis ideales y de Gandhi la técnica de la acción. Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos. La sumisión y la tolerancia no es el camino moral, pero si con frecuencia el más cómodo. Lo preocupante no es la perversidad de los malvados si no la indiferencia de los buenos. Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda. Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos. Si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir. Sueño que un día, en las Rojas Colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos se puedan sentar juntos a la mesa de la Hermandad. Tengo un sueño, un solo su...

Mi experiencia en un club de lectura: Un ciclo enriquecedor

Mis inicios en el club Hace 2 años y 7 meses me uní a un club de lectura, el primero en mi vida lectora. Donde vivo no hay clubs de lectura, y pertenezco a un país que no cuenta con datos sobre el porcentaje de personas que leen como hábito. Es lamentable. Compré un diario de lectura en una feria del libro, creado por la fundadora del club. La busqué en redes sociales y encontré un club que enviaba el libro a domicilio y realizaba encuentros virtuales. Fue maravilloso, aunque aun así fui indecisa. Tras la incapacidad de terminar un libro completo y sentirme frustrada en el proceso, decidí participar en un reto lector. Luego me inscribí en el club. El primer libro fue Cambia el Mundo, de María Negro. Pertenecer a un club Cada mes recibía una caja literaria con el libro del mes, un separador y una tarjeta con un pequeño mensaje de la fundadora. Anotaba el libro en mi diario de lectura o reading journal antes de iniciar cada lectura y, al finalizar, escribía mis reflexiones o aprend...